El punto de quiebre entre la justicia y la intervención en Venezuela

Durante más de una década, el régimen de Maduro gobernó un país sumido en la hiperinflación, el colapso, la persecución de opositores y un éxodo masivo.

El punto de quiebre entre la justicia y la intervención en Venezuela

Escrito por:
Martha Berra

Praxis

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La captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos marca un punto de quiebre en la historia reciente de América Latina. No es solo la detención de un dictador acusado durante años de autoritarismo, corrupción y narcotráfico; es también la intervención directa de una potencia extranjera en un país soberano, con todas las implicaciones políticas, legales y humanas que ello conlleva.

Esta realidad obliga a mirar más allá de la euforia o la indignación inmediata, y preguntarnos, desde la frialdad del análisis, qué significa este hecho para Venezuela y para los venezolanos.

Durante más de una década, el régimen de Maduro gobernó un país sumido en la hiperinflación, el colapso, la persecución de opositores y un éxodo masivo. Para millones, su caída parecía una condición necesaria, aunque no suficiente, para recuperar la esperanza de un país funcional.

Bajo esa óptica, su captura podría interpretarse como un acto de justicia histórica y la posibilidad de que un gobernante señalado por graves delitos enfrente por fin un juicio real, fuera del control del aparato estatal que lo protegió.

Sin embargo, el modo en que esto ocurrió con la intervención militar de Estados Unidos quiebra el principio de soberanía nacional y sienta un precedente que incomoda incluso a gobiernos críticos del chavismo, porque la frontera entre legalidad, fuerza y poder se vuelve borrosa.

Para los ciudadanos venezolanos, los beneficios son claros, aunque inciertos. La ausencia de Maduro podría abrir el camino a una transición política, a elecciones más creíbles y a una eventual reconstrucción institucional. También podría reducir el margen de maniobra de las redes criminales incrustadas en el país. Pero nada de ello está garantizado.

Tras la caída de un liderazgo autoritario, el vacío de poder puede desencadenar pugnas internas, radicalización o incluso violencia. El país enfrenta ahora un período de alta volatilidad, donde la estabilidad dependerá de la capacidad de sus élites y de la comunidad internacional para evitar tentaciones de revancha o imposiciones externas.

Hay un riesgo de fondo y es que el futuro de Venezuela quede condicionado por los intereses estratégicos de Washington. Cuando una potencia militar captura a un jefe de Estado en funciones, el discurso de “restaurar la democracia” se mezcla inevitablemente con objetivos geopolíticos.

El peligro es que los venezolanos pasen de estar sometidos a un gobierno autoritario a vivir bajo una tutela internacional disfrazada de transición. Muchos celebran el fin de una era marcada por el abuso de poder, otros alertan sobre la amenaza que supone legitimar intervenciones militares “en nombre de la democracia”.

En medio de la tormenta, conviene recordar lo esencial: el centro de esta historia no son los gobiernos, sino las personas. Los millones de venezolanos que migraron, los que se quedaron a resistir, los que perdieron oportunidades, salud, ingresos y dignidad. Para ellos, la pregunta clave es si este hecho histórico traerá mejoras reales en su vida cotidiana o solo abrirá un nuevo capítulo de incertidumbre.

La detención de Nicolás Maduro no resuelve por sí sola la crisis venezolana. Es, en todo caso, un punto de quiebre, pero la historia aún no está escrita.

Interpretando un final feliz, me encantaría que esta vez termine del lado de los ciudadanos que por años imploraron auxilio; luego de lo que ocurrió este 3 de enero lo único tangible y real es que la detención de Maduro trajo a Venezuela ese respiro de paz y una sensación momentánea de libertad que esperamos todos, no mute a únicamente intereses económicos y políticos.

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