Las recientes declaraciones de Mario Riestra, dirigente estatal del Partido Acción Nacional en Puebla, sobre la incorporación de cuadros provenientes del Partido Revolucionario Institucional, lejos de fortalecer su narrativa, exhiben una profunda contradicción interna y una creciente desesperación por la falta de liderazgos propios en la entidad.
Riestra ha intentado justificar la llegada de ex priistas y otros perfiles como una “apertura democrática”, pero el mensaje resulta poco creíble cuando el propio PAN ha construido durante años su discurso desde la supuesta superioridad ética frente a otros partidos. Hoy, esa bandera parece sacrificarse ante la urgencia electoral y la ausencia de cuadros competitivos formados desde el panismo local.
La incongruencia se profundiza con la respuesta de Riestra a las críticas de Ray Cuautli, quien lo calificó de “ambicioso” y cuestionó no solo su trayectoria, sino la doble moral con la que el PAN señala prácticas que —según sus dichos— también se reproducen en gobiernos municipales blanquiazules.
Cuautli fue directo: señaló que, si Riestra realmente pretende defender la honestidad de los gobiernos panistas, debería comenzar por revisar lo que ocurre en los municipios gobernados por Acción Nacional.
Ahí, afirmó, existen graves conflictos de interés, pues se operan programas sociales vinculados con líderes de esta fuerza política de manera local. Para Cuautli, este esquema representa clientelismo electoral, al concentrar programas sociales y control político dentro de un mismo núcleo familiar.
En sus declaraciones, también cuestionó el manejo de recursos públicos, al señalar que obras valuadas en millones de pesos, podrían tener costos reales menores a los montos solicitados que podrían presentar desvíos de dinero. Son señalamientos graves que, aunque deben ser investigados y probados por las instancias correspondientes, contrastan con el discurso de “honestidad” que el PAN presume de manera sistemática.
El debate sube de tono cuando se trae a colación el caso de Blanca Alcalá, ejemplo claro del oportunismo político que hoy el PAN parece dispuesto a normalizar. Ex candidata priista y ex funcionaria que vivió más de 40 años al cobijo del tricolor y que su tránsito hacia otras fuerzas políticas refleja el abandono de un PRI en decadencia, pero también la comodidad con la que antiguos cuadros se reciclan sin autocrítica ni rendición de cuentas. En esa lógica, Cuautli recuerda que muchos de quienes hoy reniegan del tricolor se beneficiaron durante años de cargos directos e indirectos, y ahora buscan refugio en un PAN que dice combatir justo esas prácticas.
Paradójicamente, en esa misma lista de incongruencias aparece el propio entorno del dirigente panista, pues —como se ha señalado— su esposa también forma parte de esa estructura política que habría generado el otorgamiento de bases de manera irregular durante su paso por la SEP.
Al final, el problema de fondo no es solo la incorporación de ex priistas, sino la inconsistencia ética del discurso panista. Riestra exige pureza política mientras tolera —o guarda silencio— ante posibles conflictos de interés y prácticas cuestionables en gobiernos emanados de su partido. La crítica no viene solo de adversarios ideológicos, sino de voces que evidencian una realidad incómoda: cuando faltan cuadros y sobran ambiciones, los principios se vuelven negociables.
Si el PAN en Puebla quiere recuperar credibilidad, deberá hacer algo más que responder con descalificaciones personales. Tendrá que demostrar, con hechos y transparencia, que su discurso de honestidad no es solo una consigna electoral, sino una práctica real, incluso —y sobre todo— cuando las irregularidades están en casa.




